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Jimmy Reed y el acorde de quinta.

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Mathis James “Jimmy” Reed nació en Dunleith, Misisipi el 6 de septiembre de 1925 y falleció el 29 de agosto de 1976. Compositor, cantante, guitarrista y armoniquista, ha sido el gran eslabón entre el blues eléctrico y el primigenio rock’n’roll. Su estilo descuidado e hipnótico, simplista, pero narcóticamente embriagador ha hecho que Elvis, Bob Dylan o The Rolling Stones, entre muchos otros, hayan reconocido su influencia.
Tras pasar gran parte de su juventud trabajando en una fundición como peón, Reed comenzó a interesarse por la música cuando su hermano le regaló una guitarra. También comenzó a tocar la armónica de manera autodidacta: “Cogí una de esas armónicas Marine Band e intenté tocar como pude, no sabía lo que iba a suceder con esa armónica diabólica porque no había nadie que me enseñara”. Tras dominar los rudimentos de ambos instrumentos comenzó a tocar en las calles con su colega Willie Joe “Jody” Duncan. Reed recuerda de estas primerizas actuaciones callejeras diciendo: “Ya te digo, la gente llenaba el viejo sombrero de Jody con monedas de cinco, diez, veinticinco  o cincuenta centavos, ¡y hasta de dólar!” Unos comienzos humildes para alguien que durante los años 50 colocó 18 canciones entre las 20 más vendidas de las listas de éxitos. Tan sólo BB King le superó  en ventas durante aquellos años.
Mary Lee “Mama” Reed, fue el gran amor de su vida y su gran soporte tanto personal como artístico. Mama compuso algunas de sus canciones más famosas y le ayudó en sus trances más duros, como por ejemplo a sobrellevar su tremendo alcoholismo. En alguna grabación se escucha a Mama susurrarle al oído la letra de la canción porque Reed era incapaz de recordarla. Tan duro era su problema que tardaron años en detectar que tenía epilepsia, porque confundían sus ataques con los síntomas del delirium tremens.
 
El lenguaje musical de Reed era muy llano y accesible, rítmico y sus temas versaban sobre relaciones personales. Nada de truculentos temas tan apegados al blues como la religión, las drogas o el diablo. Esas fueron las claves de su éxito. Éxito que no le acompañó durante toda su vida, ya que sus últimos años fueron tristes y solitarios. Sin haber cobrado nunca los royalties de sus música murió arruinado, divorciado de Mama y resentido con la industria musical.
Keith Richards es un declarado admirador de Jimmy Reed y le dedica algunos pasajes en su autobiografía “Vida”. Es una delicia leer las palabras que le dedica Richards. Aquí van algunas de ellas:
 
Jimmy Reed fue un gran ejemplo para nosotros… siempre estaba borracho como una cuba. (…)Nosotros nos pasábamos los días allí sentados, pelándonos de frío y diseccionando las canciones. Tenías que desmontarlo todo para luego tratar de montarlo desde tu punto de vista. Tenía que reverberar y entonces sí que sí.
 
Bo Didley era muy técnico. Jimmy Reed era más fácil, iba más al grano, pero a la hora de diseccionar que estaba haciendo exactamente (…) Dios, tardé años en enterarme de cómo tocaba el acorde de quinta en la tonalidad de Mi (el acorde de Si, el último de los tres acordes antes de largarte de casa, el que resuelve un blues de doce tiempos), “acorde tónico” lo llaman.
Cuando se pone a ello, Jimmy Reed  produce un fraseo inquietante, una disonancia llena de melancolía.
 
Merece la pena, incluso para beneficio de los que no son guitarristas, intentar describir lo que hace: en la quinta, en vez de hacer la típica cejilla, un Si en séptima, que requiere un poco de esfuerzo de la mano izquierda, el tío pasa totalmente del Sí, deja el La sonando y simplemente desliza un dedo por la cuerda del Re hasta la séptima y ahí es donde sale esa nota inquietante, resonando con La. Así que no usa la nota fundamental en los acordes, sino que se tira a la séptima. En serio, es: a) la opción más perezosa y chapucera; b) una de las invenciones musicales más fabulosas de todos los tiempos. En fin, es así como Jimmy Reed se las apañó para tocar la misma canción durante treinta años y que colara. Sus canciones tal vez estén construidas sobre unos cimientos aparentemente simplones, pero no hay más que intentar tocar “Little Rain”.
Cómo dice el propio Keith, estas disertaciones también merecen la pena para los que no son guitarristas, porque lo que Kiz intenta describir con palabras es algo prácticamente inasible, intangible. En esos detalles está la grandeza del estilo de Reed. Sencillo y muy fácil de imitar en apariencia, pero dificilísimo de hacer en la práctica.
 
 
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